El país enfrenta una doble crisis: la provocada por el doblete sísmico y una secuela silenciosa pero igual de dañina: la «infoxicación» o intoxicación por exceso de información. Tras los sismos de finales de junio, el bombardeo constante de imágenes de colapsos, cadenas de WhatsApp sin verificar y hilos alarmistas en redes sociales ha sumergido a la población en un estado de hipervigilancia digital que está pasando factura a la salud mental y al descanso de miles de personas.
El sociólogo Carlos Mendoza explica que este fenómeno responde a una necesidad colectiva de control. «El algoritmo de las redes sociales no busca informar, busca retener tu atención. Tras un sismo, el miedo es el mejor anzuelo», advierte el experto. Al consumir noticias de manera obsesiva, el cerebro activa mecanismos de alerta constante, elevando los niveles de cortisol y bloqueando procesos esenciales como el sueño profundo, atrapando a los usuarios en un bucle de ansiedad alimentado por rumores.
Para frenar este insomnio colectivo, expertos en salud y comunicación recomiendan implementar una «dieta digital» estricta. El objetivo es filtrar el ruido y recuperar la calma mediante acciones tácticas en nuestros dispositivos:
- Silenciar el ruido: Desactivar notificaciones de grupos de mensajería donde proliferan audios sin verificar o predicciones apocalípticas. Es fundamental bloquear la descarga automática de archivos multimedia para evitar la exposición involuntaria a imágenes perturbadoras.
- Fuentes oficiales: Centralizar la búsqueda de información exclusivamente en cuentas técnicas e institucionales, tales como Funvisis o los canales oficiales de Protección Civil, evitando caer en la especulación de usuarios no calificados.
- Toque de queda digital: Establecer una hora de cierre digital, idealmente 60 minutos antes de dormir, alejando los dispositivos de la cama para permitir que el sistema nervioso se desactive y reconozca la seguridad del entorno.
La hiperconectividad no debe ser sinónimo de desinformación. Ante la emergencia, la clave para proteger la salud mental reside en filtrar el flujo de datos, evitando que el miedo digital se convierta en una réplica constante de la catástrofe vivida.



