A una semana de los devastadores sismos de 7,2 y 7,5 de magnitud que golpearon la costa venezolana, el Hospital Naval Raúl Perdomo Hurtado, en La Guaira, vive una realidad paralela: sus pasillos han pasado de atender el caos de los primeros días a albergar a familias de médicos que quedaron sin hogar tras la tragedia.
En los momentos críticos posteriores a los terremotos, el centro asistencial fue puesto a prueba con el ingreso de 450 heridos y un centenar de fallecidos. La falta de luz y el miedo constante a réplicas obligaron al personal médico a instalar 100 camas en áreas externas. Hoy, con la cifra de hospitalizados reducida a 30, la institución sirve como un hogar temporal para los hijos y cónyuges de los profesionales de la salud, quienes perdieron sus viviendas en el desastre.
Aunque se ha restablecido el fluido eléctrico en gran parte de las instalaciones, el centro enfrenta fallas críticas en el suministro de agua potable. Esta carencia, sumada a la falta de equipos para mantener la cadena de frío, limita gravemente la capacidad del hospital para realizar jornadas de vacunación y asistencia masiva. Según el capitán de fragata Eloi Moraes, quien coordina un hospital de campaña brasileño en la zona, la dependencia de generadores eléctricos sigue siendo un cuello de botella para la atención básica.
La situación en los más de 15.000 damnificados repartidos en refugios temporales ha encendido las alarmas de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Su director, Jarbas Barbosa, solicitó un fondo de emergencia de 24 millones de dólares para prevenir brotes epidemiológicos en un sistema de salud que opera al límite de su capacidad.
Ante la falta de infraestructura operativa, iniciativas ciudadanas han tomado el mando en las áreas más afectadas. En Caraballeda, un equipo de neurocirujanos y veterinarios provenientes de Valencia y Barquisimeto instaló un puesto de auxilio improvisado en un antiguo restaurante. Santiago Padilla, uno de los voluntarios, destaca que la presencia médica en terreno es fundamental no solo para tratar heridos, sino para monitorear la salud de los sobrevivientes que permanecen en las estructuras que lograron quedar en pie.



